Sintonizó la primera estación
de radio que encontró y dejó que las melodías comenzaran: Se paró frente al espejo
y miró su cuerpo, las curvas de abajo y las pocas de arriba. Soltó su cabello y
lo dejó caer suavemente sobre su tatuaje. Dejó caer lo que restaba de ropa y
entró temerosamente a la ducha. Estiró su mano y giró el grifo, encendiendo la
regadera al máximo poder. Las primeras gotas salpicaron su pecho provocando su
contracción con levedad. Esperó unos segundo a que el agua se entibiara
mientras movía los dedos del pie por debajo, controlando la temperatura. Cada
vez estaba más caliente. Comenzó a masajear su cuello, cerrando los ojos y
bajando con su mano poco a poco, pensando en él, en su cuerpo tan sensible al
tacto, sus brazos musculosos, sus labios llenos de carne, su lengua el mejor afrodisiaco…
Alguien había abierto la puerta y se estaba quitando la ropa. Fue entonces donde
lo vio entrar con una sonrisa y cero temor. Ella rió bajo el agua y levantó sus
brazos para recibirlo, él se abalanzó con fuerza hacia su cuerpo y acercó su
cintura hasta más no poder. Le subía una mano por la espalda y bajaba otra por
sus piernas, le mordía los labios y suspiraba con excitación. Ella metía
persistentemente su pierna entre las de él, con las uñas le apretaba el cuello
jalando su cabello, gemía lentamente y daba giros con la lengua entre su boca.
Ambos se frotaban y aruñaban, se apretaban uno contra otro intensamente. Se desbalanceaban
y caían contra la pared, el agua subía sus temperatura. Él metía sus dedos
frotándola ágilmente, haciendo que se mojara cada vez más, ella se encargaba de
girar con lentitud su cuerpo para que le dieran por detrás. Los gemidos eran
cada vez más fuertes, hasta que la radio que había sonado persistentemente en
el fondo de la escena los apaciguó cantando… “yo también como el pez, muero por
la boca, por la tuya”. Él la mordía y ella gemía. Él la mordía y ella gemía. Él
la mordía y ella seguía gimiendo. Los gritos de ambos le hacían el coro a la
canción, hasta que alguien más la interrumpió. Ella escuchó esa presencia ajena
que los veía a través del vidrio sucio. Pero fue hasta que la puerta de baño golpeó
la pared cuando se percató, que su esposo estaba al otro lado de la habitación,
viéndola coger con otro sujeto. Abrió los ojos fuertemente y tiró una pequeña
carcajada, a veces se sorprendía hasta donde podía llegar su imaginación. Su
esposo entrando en el cuarto de baño mientras ella lo hacía apasionadamente alguien
más. ¡Bah! ¡Que drama! Imaginar ese tipo de cosas, la situación, las caricias,
la canción con melodía, letra y todo. A pesar de haber sido una fantasía, el
miedo que se reflejaba tras circunstancia, era el verdadero. Pero de algo
estaba segura, si eso se diera, moriría definitivamente, por embustería, suciedad,
mentira, delito y demás. Y sería su culpad, provocada por Fernando, por su
boca, atacando la de ella. Infringiría todo código posible, toda ética
existente.
Siguió pensando y
pensando, pero de una vez por todas tenía que dejar de fantasear, no tanto por
la distracción, más bien por el miedo a que los pensamientos atrajeran el
efecto. Limpió su mente, encendió la radio, se quitó la bata, llamó a Fernando
y comenzó a calentar el agua. –¡Imagínate que viniera mi esposo, ahora!- Le
decía riendo. –¡Cállate! ¡Eso nos faltaría!- Le respondía él besándola.
Comenzaron la caricias y los gemidos. Y mientras él le metía el dedo, ella
pensaba en esa canción, en Roberto entrando por la puerta, justo cuando llegaban
al coro. Pensaba en la frase mezclándose con la boca de Fernando… Se río una
vez más y sonrió con toda la malicia que pudo hasta que escuchó: “Yo también
como el pez, muero por la boca, por la tuya”
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