2 de julio de 2012

Morir por la Boca

Sintonizó la primera estación de radio que encontró y dejó que las melodías comenzaran: Se paró frente al espejo y miró su cuerpo, las curvas de abajo y las pocas de arriba. Soltó su cabello y lo dejó caer suavemente sobre su tatuaje. Dejó caer lo que restaba de ropa y entró temerosamente a la ducha. Estiró su mano y giró el grifo, encendiendo la regadera al máximo poder. Las primeras gotas salpicaron su pecho provocando su contracción con levedad. Esperó unos segundo a que el agua se entibiara mientras movía los dedos del pie por debajo, controlando la temperatura. Cada vez estaba más caliente. Comenzó a masajear su cuello, cerrando los ojos y bajando con su mano poco a poco, pensando en él, en su cuerpo tan sensible al tacto, sus brazos musculosos, sus labios llenos de carne, su lengua el mejor afrodisiaco… Alguien había abierto la puerta y se estaba quitando la ropa. Fue entonces donde lo vio entrar con una sonrisa y cero temor. Ella rió bajo el agua y levantó sus brazos para recibirlo, él se abalanzó con fuerza hacia su cuerpo y acercó su cintura hasta más no poder. Le subía una mano por la espalda y bajaba otra por sus piernas, le mordía los labios y suspiraba con excitación. Ella metía persistentemente su pierna entre las de él, con las uñas le apretaba el cuello jalando su cabello, gemía lentamente y daba giros con la lengua entre su boca. Ambos se frotaban y aruñaban, se apretaban uno contra otro intensamente. Se desbalanceaban y caían contra la pared, el agua subía sus temperatura. Él metía sus dedos frotándola ágilmente, haciendo que se mojara cada vez más, ella se encargaba de girar con lentitud su cuerpo para que le dieran por detrás. Los gemidos eran cada vez más fuertes, hasta que la radio que había sonado persistentemente en el fondo de la escena los apaciguó cantando… “yo también como el pez, muero por la boca, por la tuya”. Él la mordía y ella gemía. Él la mordía y ella gemía. Él la mordía y ella seguía gimiendo. Los gritos de ambos le hacían el coro a la canción, hasta que alguien más la interrumpió. Ella escuchó esa presencia ajena que los veía a través del vidrio sucio. Pero fue hasta que la puerta de baño golpeó la pared cuando se percató, que su esposo estaba al otro lado de la habitación, viéndola coger con otro sujeto. Abrió los ojos fuertemente y tiró una pequeña carcajada, a veces se sorprendía hasta donde podía llegar su imaginación. Su esposo entrando en el cuarto de baño mientras ella lo hacía apasionadamente alguien más. ¡Bah! ¡Que drama! Imaginar ese tipo de cosas, la situación, las caricias, la canción con melodía, letra y todo. A pesar de haber sido una fantasía, el miedo que se reflejaba tras circunstancia, era el verdadero. Pero de algo estaba segura, si eso se diera, moriría definitivamente, por embustería, suciedad, mentira, delito y demás. Y sería su culpad, provocada por Fernando, por su boca, atacando la de ella. Infringiría todo código posible, toda ética existente.
Siguió pensando y pensando, pero de una vez por todas tenía que dejar de fantasear, no tanto por la distracción, más bien por el miedo a que los pensamientos atrajeran el efecto. Limpió su mente, encendió la radio, se quitó la bata, llamó a Fernando y comenzó a calentar el agua. –¡Imagínate que viniera mi esposo, ahora!- Le decía riendo. –¡Cállate! ¡Eso nos faltaría!- Le respondía él besándola. Comenzaron la caricias y los gemidos. Y mientras él le metía el dedo, ella pensaba en esa canción, en Roberto entrando por la puerta, justo cuando llegaban al coro. Pensaba en la frase mezclándose con la boca de Fernando… Se río una vez más y sonrió con toda la malicia que pudo hasta que escuchó: “Yo también como el pez, muero por la boca, por la tuya”

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