8 de junio de 2012

Dos tardes para un café y medio

Ángela tenía miedo, amaneció con werther y bovary en su estómago. Podía sentir cómo se le subían hasta el pecho, y le rascaban el cuello. Últimamente era la presa, de todas esas letras homicidas, de esas frases estremesedoras. La insidiaban continuamente, y no la dejaban escapar. De un tirón se puso de pie, pero la breve historia del tiempo la hizo tropezar. Retrocedió tres segundos al enterarse de la entropía y cuando S=KlogW le explotó en las piernas, dió el terrible sentón contra el suelo. Se frotó consolándose y siguió avanzando con cautela, hasta que el universo en un sólo átomo la hizo meditar. Sintiendo el tremendo vacío del que tanto habla la gente, la gran extensión entre ella y la puerta. Todas esas teoría seguían asechando, no la dejaban en paz.
Recordó a maya, y pensó en que la puerta y ella no podían ser tan diversas una de la otra. Eran el conjunto. Dió el paso y giró la manecilla con el diablo. Había comenzado el viaje:
Caminó por el largo pasillo lleno de pinturas y sintió como cien años de soledad caían sobre ella. Al llegar al final, el periódico del suelo anunciaba la muerte de ivan illich, pero ella se encontraba en el punto crucial, donde tenía que tomar la decisión de girar hacia el patio o distraerse en la cocina, el libro del ambre le hacía ojitos. El reloj de darwin la hizo ver las plantas a través de la ventana, y vió que el principito la saludaba desde los rosales. Así que caminó hacia todo lo real, -¡esto sí es vida!-, habló zaratustra. Tocó algunas plantas y comenzó a pensar en el método... Todo cambió, el mundo giró y Ángela se dió cuenta que era su cumpleaños, que hoy ella estaba en el centro. Como si fuera el ensayo de la ceguera, olvidó todo lo demás. Todas esas vidas en hojas de papel dejaron de asecharla, de consumirla, de absorberla y atraerla. Vió todos los ejemplares tirados en el suelo, y sus pies con uñas pintadas de morado encima de todos ellos. Sorprendentemente había dado la vuelta al día en ochenta mundos, y ahora era ella la que iba a cazar, la que no los dejaría en paz, desde el amanecer hasta el anochecer, desde la vida hasta la muerte. Porque había crecido y los libros no estaban sobre ella, sino ella sobre los libros.

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