4 de julio de 2012

Un hombre viejo, no tan viejo, pero viejo.



El hombre viejo iba todos los días al banco, hacía la cola para sacar dinero del banco pero siempre olvidaba de firmarlo en la parte de atrás, de esto se daba cuenta hasta que llegaba a la casilla y tenía que pedir prestado un lapicero al que lo atendía ahí. Todos los días que el hombre viejo hacía esto el muchacho de la ventanilla se enojaba y como sabía que lo iba a ver al día siguiente le recordaba intentando ocultar su cólera -Señor, siempre recuerde firmar su boleta antes de venir-. Lo peor de todo es que al prestar el lapicero este siempre se lo quedaba, un lapicero nuevo para la colección. Después de sacar dinero el hombre viejo tenía que ir también cada día a la oficina de atención al cliente porque resulta que siempre tenía más de algún problema en su cuenta de banco, o eso creía él, o bien le hacían creer. En esa oficina una joven con una gran verruga en el cuello le atendía, pero tenía que esperar su turno en las sillas, en la última de estas o mejor dicho la primera. El hombre viejo veía desde lejos la verruga de esa joven y pensaba todo tipo de cosas; se imaginaba a él con la verruga en el cuello viéndose cada mañana en el espejo, se imaginaba a él en el consultorio del médico listo para que le quitasen esa verruga, se imaginaba a él quitándose de la verruga los cabellos negros –más negros que los de las otras partes del cuerpo- con una pinza, se imaginaba a él mordiendo esa verruga con sus dientes y destripándola en su boca. Cada asiento que se movía era un nuevo pensamiento sobre la verruga, hasta que llegaba al escritorio con la susodicha o susodichas mejor dicho. –Señor hay un problema en su cuenta de banco..- ¡la verruga!, pensaba él –tendremos que.. – ¡que grande es esa verruga! Seguía pensando –y por eso transferiremos..- ¡vaya, la verruga es como de color café! –y le garantizo que usted..- ¡y tiene un gran pelo negro, más negro que los demás! -¿Comprende señor?- le preguntaba la joven finalmente –lo veo mañana temprano para que sigamos con su caso-. El hombre viejo asintió y se despidió de la arruga, adiós verruga y se marchó a casa, deprimiéndose, resignándose de la vida, consternándose por el tiempo, indiferente a la existencia.
Al día siguiente el hombre viejo repitió todo el proceso: llenó de datos la boleta, hizo la larga cola de espera, -veía al joven de la ventanilla agitar su lapicero con habilidad y se preguntaba por qué- llegó por fin a la ventanilla y resultó que había olvidado firmar la parte de atrás de la boleta, así que le pidió prestado un lapicero al joven del banco, depositó su cheque y a continuación se movió hacia la fila de sillas de atención al cliente, listo par ver era verruga.
Estaba tan interiorizado en sus pensamientos sobre la verruga que no notó que se había sentado encima de un periódico. Al levantarse y moverse de la silla para correrse un espacio la señora de al lado le notificó –Señor su periódico- pero si yo no.. pensó y tomó el periódico, ¡Vaya!, ¡Encontraron tres muertos bajo un puente! Y comenzó a leer; muertos, críticas  del presidente, las críticas de transporte público, críticas del cumplimiento de la ley, nueva cantante lanza su disco, el ganador de la Eurocopa, pero antes el horóscopo, y leyó: “Aries; te estas encaminando hacia una buena oportunidad, cuidado con tus decisiones el día de hoy. El infierno a veces me sabe a gloria”. ¡Eso era increíblemente gracioso!, alguien había escrito “el infierno a veces me sabe a gloria” justo donde terminan los horóscopos y comienzan los anuncios de las personas muertas. El hombre viejo después de reírse tomó el lapicero que le había robado al muchacho de la ventanilla y escribió: “¿y el cielo, a veces a qué te sabe?” Se rio de lo que había escrito y continuo su recorrido hacia la verruga de la muchacha de atención al cliente.
De camino a casa se olvidó de todo el asunto y lo dejó así. Fue hasta el día siguiente cuando después de hacer lo del depósito, la firma y todo, se iba a sentar en la primera silla cuando se percató que otro periódico lo estaba esperando, se me hace que el destino no quiere que piense en esa verruga… ¡Vaya! ¡Encuentran tres muertos bajo un puente! ¿Acaso eso no fue ayer? ¿Era el mismo periódico entonces? Le dio vuelta a la hojas y siguió las mismas noticias, hasta que llegó al horóscopo y al anuncio de los muertos, vio las anotaciones y notó que alguien ponía algo en color rojo: “no, ese a veces me sabe a mierda”. Se rio de nuevo y contestó: “gloria para los ladrones y mierda para los humildes”. Prosiguió con la joven de la verruga, pero esta vez olvidó que la tenía, estaba concentrado en la respuesta que le habían dejado escrita en el periódico, ¿Quién sería? Al día siguiente había algo más escrito, y el hombre viejo respondió, así los días pasaron y pasaron y se había formado toda una conversación en el periódico del banco.
La misma mañana en la que el hombre viejo iba a decirle a su amiga de las notitas en el periódico que se encontraran, -porque sabía que era una mujer. Pero si era un hombre tampoco le importaba, no por poder el hecho de que le gustaran los hombres sino más bien, porque podía resultar con un amigo con quién charlar-. Ese día, estaba ansioso por leer qué le había dejado esa bella mujer escrito el en periódico –ahora era bella mujer-, pero cuando llegó a las sillas de atención al cliente un señora estaba leyendo la noticia de los tres cadáveres encontrados bajo un puente con cara de aturdida. El hombre viejo quería el periódico, quería ver qué le habían escrito hoy y ya se estaba acabando la cola porque también era un día en el que el banco no tenía mucha gente, pero la señora seguía leyendo arduamente esa noticia y su cara de aturdida iba en aumento. El hombre viejo estuvo a punto de decirle que no se emocionara tanto, que ese era un periódico de hace dos meses que mantenían en el banco sólo para entretener a los cliente que esperaban, hasta que vio que la señora mientras giraba de página sacaba un lapicero rojo de su bolsa. La primera reacción del hombre viejo no fue ver qué escribía la señora, sino más bien cómo se veía; era un poco bonita, con lindos ojos, maquillaje corrido, y pequeños labios ocultos por grandes dientes, era una señora, bien cuidada y con delicioso aroma a té. –Si todo esto comenzó con el infierno, me pregunto cómo terminará, ¿cómo se le ocurrió la frase tan curiosa?- preguntó el hombre viejo. -¡Ah! ¡Es usted! Vaya que sabía que era un hombre el que me respondía, eso sí, no me imaginé que sería de mi edad- le respondió la señora sonriendo lindamente. El hombre viejo le sonrió lindamente de vuelta, pero se quedó callado esperando a que la señora respondiera a su pregunta sobre la frase. –Esa frase tiene una gran historia, la encontré escrita hace varios años en una revista en la clínica a donde solía ir. Escribí algo divertido así como usted hizo, y al poco tiempo apuntamos nuestros números telefónicos y nos conocimos. Resultó que el dueño de la clínica revisaba las revistas cuando esperaba a sus clientes y por eso no tardó mucho en averiguar que era yo y darme su teléfono móvil. Esa frase se convirtió en cuarenta años de matrimonio y dos hijos, y cuando vi que el periódico se mantenía aquí dando vueltas, la escribí para recordar viejos tiempos-
El hombre viejo asentía y asentía, y se maldecía en su interior por ilusionarse tanto con ese juego. –Fascinante historia, me alegra haber seguido el juego y haber logrado conocer a la creadora de tan curiosa frase, le agradezco madame, que pase una feliz tarde- dijo el hombre viejo respondiendo y poniéndose de pie para platicar con la joven de atención al cliente, de quién se volvió a dar cuenta de su verruga, la gran y fea verruga.
Decepcionado pensó en la señora todo el camino de regreso a casa, la gente del metro no colaboraba en nada, todo el mundo estaba tan distraído y callado, como si fuera obligatorio estar en silencio. Pensándolo bien, se parecía un poco al banco, solo faltaba que el chofer tuviera una verruga grande y fea y el hombre de los tiquetes le prestara su lapicero por no haber firmado el tiquete. En eso vio un periódico vagabundo que le hacía ojitos desde el piso, lo pensó unos segundos, y finalmente entró en acción, tomó el periódico, abrió la página de los horóscopos y escribió: “cuarenta años de matrimonio y dos hijos a veces me sabe a infierno”.

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