El hombre
viejo iba todos los días al banco, hacía la cola para sacar dinero del banco
pero siempre olvidaba de firmarlo en la parte de atrás, de esto se daba cuenta
hasta que llegaba a la casilla y tenía que pedir prestado un lapicero al que lo
atendía ahí. Todos los días que el hombre viejo hacía esto el muchacho de la
ventanilla se enojaba y como sabía que lo iba a ver al día siguiente le
recordaba intentando ocultar su cólera -Señor,
siempre recuerde firmar su boleta antes de venir-. Lo peor de todo es que
al prestar el lapicero este siempre se lo quedaba, un lapicero nuevo para la
colección. Después de sacar dinero el hombre viejo tenía que ir también cada
día a la oficina de atención al cliente porque resulta que siempre tenía más de
algún problema en su cuenta de banco, o eso creía él, o bien le hacían creer. En
esa oficina una joven con una gran verruga en el cuello le atendía, pero tenía
que esperar su turno en las sillas, en la última de estas o mejor dicho la
primera. El hombre viejo veía desde lejos la verruga de esa joven y pensaba
todo tipo de cosas; se imaginaba a él con la verruga en el cuello viéndose cada
mañana en el espejo, se imaginaba a él en el consultorio del médico listo para
que le quitasen esa verruga, se imaginaba a él quitándose de la verruga los
cabellos negros –más negros que los de las otras partes del cuerpo- con una
pinza, se imaginaba a él mordiendo esa verruga con sus dientes y destripándola
en su boca. Cada asiento que se movía era un nuevo pensamiento sobre la verruga,
hasta que llegaba al escritorio con la susodicha o susodichas mejor dicho. –Señor hay un problema en su cuenta de
banco..- ¡la verruga!, pensaba él –tendremos
que.. – ¡que grande es esa verruga! Seguía pensando –y por eso transferiremos..- ¡vaya, la verruga es como de color
café! –y le garantizo que usted..- ¡y
tiene un gran pelo negro, más negro que los demás! -¿Comprende señor?- le preguntaba la joven finalmente –lo veo mañana temprano para que sigamos con
su caso-. El hombre viejo asintió y se despidió de la arruga, adiós verruga
y se marchó a casa, deprimiéndose, resignándose de la vida, consternándose por
el tiempo, indiferente a la existencia.
Al día siguiente
el hombre viejo repitió todo el proceso: llenó de datos la boleta, hizo la
larga cola de espera, -veía al joven de la ventanilla agitar su lapicero con habilidad
y se preguntaba por qué- llegó por fin a la ventanilla y resultó que había
olvidado firmar la parte de atrás de la boleta, así que le pidió prestado un
lapicero al joven del banco, depositó su cheque y a continuación se movió hacia
la fila de sillas de atención al cliente, listo par ver era verruga.
Estaba tan
interiorizado en sus pensamientos sobre la verruga que no notó que se había
sentado encima de un periódico. Al levantarse y moverse de la silla para
correrse un espacio la señora de al lado le notificó –Señor su periódico- pero si yo no.. pensó y tomó el periódico,
¡Vaya!, ¡Encontraron tres muertos bajo un puente! Y comenzó a leer; muertos,
críticas del presidente, las críticas de
transporte público, críticas del cumplimiento de la ley, nueva cantante lanza
su disco, el ganador de la Eurocopa, pero antes el horóscopo, y leyó: “Aries;
te estas encaminando hacia una buena oportunidad, cuidado con tus decisiones el
día de hoy. El infierno a veces me sabe a gloria”. ¡Eso era increíblemente
gracioso!, alguien había escrito “el infierno a veces me sabe a gloria” justo
donde terminan los horóscopos y comienzan los anuncios de las personas muertas.
El hombre viejo después de reírse tomó el lapicero que le había robado al
muchacho de la ventanilla y escribió: “¿y el cielo, a veces a qué te sabe?” Se
rio de lo que había escrito y continuo su recorrido hacia la verruga de la
muchacha de atención al cliente.
De camino a
casa se olvidó de todo el asunto y lo dejó así. Fue hasta el día siguiente cuando
después de hacer lo del depósito, la firma y todo, se iba a sentar en la
primera silla cuando se percató que otro periódico lo estaba esperando, se me
hace que el destino no quiere que piense en esa verruga… ¡Vaya! ¡Encuentran
tres muertos bajo un puente! ¿Acaso eso no fue ayer? ¿Era el mismo periódico
entonces? Le dio vuelta a la hojas y siguió las mismas noticias, hasta que
llegó al horóscopo y al anuncio de los muertos, vio las anotaciones y notó que alguien
ponía algo en color rojo: “no, ese a veces me sabe a mierda”. Se rio de nuevo y
contestó: “gloria para los ladrones y mierda para los humildes”. Prosiguió con
la joven de la verruga, pero esta vez olvidó que la tenía, estaba concentrado
en la respuesta que le habían dejado escrita en el periódico, ¿Quién sería? Al
día siguiente había algo más escrito, y el hombre viejo respondió, así los días
pasaron y pasaron y se había formado toda una conversación en el periódico del
banco.
La misma
mañana en la que el hombre viejo iba a decirle a su amiga de las notitas en el
periódico que se encontraran, -porque sabía que era una mujer. Pero si era un
hombre tampoco le importaba, no por poder el hecho de que le gustaran los
hombres sino más bien, porque podía resultar con un amigo con quién charlar-.
Ese día, estaba ansioso por leer qué le había dejado esa bella mujer escrito el
en periódico –ahora era bella mujer-, pero cuando llegó a las sillas de
atención al cliente un señora estaba leyendo la noticia de los tres cadáveres
encontrados bajo un puente con cara de aturdida. El hombre viejo quería el
periódico, quería ver qué le habían escrito hoy y ya se estaba acabando la cola
porque también era un día en el que el banco no tenía mucha gente, pero la
señora seguía leyendo arduamente esa noticia y su cara de aturdida iba en
aumento. El hombre viejo estuvo a punto de decirle que no se emocionara tanto,
que ese era un periódico de hace dos meses que mantenían en el banco sólo para
entretener a los cliente que esperaban, hasta que vio que la señora mientras
giraba de página sacaba un lapicero rojo de su bolsa. La primera reacción del
hombre viejo no fue ver qué escribía la señora, sino más bien cómo se veía; era
un poco bonita, con lindos ojos, maquillaje corrido, y pequeños labios ocultos
por grandes dientes, era una señora, bien cuidada y con delicioso aroma a té. –Si todo esto comenzó con el infierno, me
pregunto cómo terminará, ¿cómo se le ocurrió la frase tan curiosa?-
preguntó el hombre viejo. -¡Ah! ¡Es
usted! Vaya que sabía que era un hombre el que me respondía, eso sí, no me
imaginé que sería de mi edad- le respondió la señora sonriendo lindamente.
El hombre viejo le sonrió lindamente de vuelta, pero se quedó callado esperando
a que la señora respondiera a su pregunta sobre la frase. –Esa frase tiene una gran historia, la encontré escrita hace varios
años en una revista en la clínica a donde solía ir. Escribí algo divertido así
como usted hizo, y al poco tiempo apuntamos nuestros números telefónicos y nos
conocimos. Resultó que el dueño de la clínica revisaba las revistas cuando
esperaba a sus clientes y por eso no tardó mucho en averiguar que era yo y
darme su teléfono móvil. Esa frase se convirtió en cuarenta años de matrimonio
y dos hijos, y cuando vi que el periódico se mantenía aquí dando vueltas, la
escribí para recordar viejos tiempos-
El hombre
viejo asentía y asentía, y se maldecía en su interior por ilusionarse tanto con
ese juego. –Fascinante historia, me
alegra haber seguido el juego y haber logrado conocer a la creadora de tan
curiosa frase, le agradezco madame, que pase una feliz tarde- dijo el
hombre viejo respondiendo y poniéndose de pie para platicar con la joven de
atención al cliente, de quién se volvió a dar cuenta de su verruga, la gran y
fea verruga.
Decepcionado
pensó en la señora todo el camino de regreso a casa, la gente del metro no
colaboraba en nada, todo el mundo estaba tan distraído y callado, como si fuera
obligatorio estar en silencio. Pensándolo bien, se parecía un poco al banco,
solo faltaba que el chofer tuviera una verruga grande y fea y el hombre de los
tiquetes le prestara su lapicero por no haber firmado el tiquete. En eso vio un
periódico vagabundo que le hacía ojitos desde el piso, lo pensó unos segundos,
y finalmente entró en acción, tomó el periódico, abrió la página de los
horóscopos y escribió: “cuarenta años de matrimonio y dos hijos a veces me sabe
a infierno”.
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